Menos jefes o más crimen

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Menos jefes o más crimen

Por: Alberto Marroquín Espinoza

Lunes 09 de febrero del 2026.

Por años hemos discutido la seguridad pública en México como si el problema fuera de patrullas, sueldos o número de policías. Pero hay una falla más profunda, más incómoda y casi nunca abordada de frente: la fragmentación del poder.

México tiene más de dos mil municipios y, con ellos, más de dos mil centros de mando en seguridad pública. Cada presidente municipal es, en los hechos, un pequeño jefe policial. La mayoría sin formación en estrategia, sin inteligencia, sin capacidad real para enfrentar organizaciones criminales que operan a escala regional y nacional.
Ese diseño no es solo ineficiente. Es peligroso.

Cuando el mando se dispersa, la seguridad se debilita. Cuando hay demasiados jefes, nadie manda realmente. Y cuando nadie manda, alguien más ocupa ese espacio.

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Este diagnóstico no es nuevo. De hecho, el primer presidente que decidió enfrentarlo desde el poder fue Andrés Manuel López Obrador. La creación de la Guardia Nacional fue, más allá de cualquier debate ideológico, un reconocimiento claro de una verdad estructural: un Estado con demasiados jefes pierde control territorial.

Por eso la Guardia Nacional no se dejó bajo un mando civil tradicional. Se colocó bajo mando militar, no como un capricho autoritario, sino como una decisión política orientada a la disciplina, la cadena de mando clara, la cohesión operativa y la resistencia a la corrupción. Virtudes que históricamente han faltado en corporaciones locales atrapadas en ciclos electorales, cuotas políticas y presiones criminales.

El mensaje fue contundente: frente a un crimen organizado que actúa como poder unificado, el Estado no puede responder con fuerzas dispersas y mal coordinadas.

La pregunta incómoda viene después.

Si a nivel federal se reconoció que la fragmentación era un problema, ¿por qué seguimos defendiendo un modelo municipal de seguridad que reproduce exactamente ese mismo error?

¿Por qué insistimos en que miles de alcaldes —muchos sin la menor preparación en seguridad— sigan encabezando corporaciones armadas locales, vulnerables y presionables?

La discusión no debería centrarse en si centralizar es autoritario. Ese es un falso debate. El verdadero dilema es si el Estado mexicano puede seguir garantizando seguridad pública con más de dos mil mandos distintos, mientras el crimen opera con paciencia, estrategia y unidad.

Tal vez el camino no sea eliminar la policía municipal, sino reordenarla: quitarla del botín político, sacarla del vaivén electoral y colocarla bajo un mando estatal profesional, sin perder su cercanía con la comunidad.

Porque la realidad es simple, aunque incomode:

cuando el poder se fragmenta, el crimen avanza.
Y ningún discurso puede cambiar eso.

Marroquín

Contenido original de EsAhoraAm.com — Opinión de Alberto Marroquín.
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