Artes y cultura en México 2025: espectacularidad y una laxa política cultural .
Por Ofelia Muñoz Catalán*
El 2025 fue un año particularmente revelador para el sector cultural en México. No por la falta de actividad —que fue abundante— sino por la claridad con la que se evidenció una tendencia preocupante: la sustitución del pensamiento cultural por la lógica del espectáculo, y de los procesos formativos por eventos de alto impacto visual, breves y fácilmente capitalizables en términos mediáticos.
A nivel nacional, el panorama estuvo marcado por grandes festivales, exposiciones internacionales y celebraciones masivas que, si bien atrajeron públicos numerosos, no siempre dialogaron con una política cultural integral ni con las realidades de los creadores locales.
La cultura volvió a presentarse como ornamento urbano y herramienta de posicionamiento institucional, más que como un derecho cultural sostenido por procesos, educación y continuidad.
Macro eventos y la fragilidad del ecosistema cultural
Un ejemplo evidente de la tendencia hacia la espectacularidad en la política cultural mexicana fue la reiterada preferencia por macro eventos que absorbieron la mayor parte de los recursos, la atención mediática y los discursos institucionales. Esta dinámica se dio en detrimento de programas esenciales como los de formación artística, investigación, mediación cultural y fortalecimiento comunitario, que permanecieron en condiciones de precariedad.
La problemática principal no reside en la existencia misma de estos grandes eventos, sino en la marcada desproporción entre la inversión destinada a ellos y la debilidad estructural del resto del ecosistema cultural. Se evidencia una falta de evaluación crítica sobre el impacto real de estas actividades, que va más allá del simple número de asistentes.
De hecho, el conteo de entradas utilizado para justificar la magnitud de los eventos suele ser irreal. Quienes hemos participado en la organización de tales actividades sabemos que, en ocasiones, incluso los integrantes de los cuerpos de emergencia son incluidos en el total de asistentes, todo para generar cifras abultadas que alimenten la fotografía oficial y el discurso público.
Este fenómeno se replicó con particular fuerza en Querétaro, donde 2025 fue presentado institucionalmente como un “año histórico” por la cantidad de eventos realizados, sin embargo, la pregunta obligada es: ¿cantidad es sinónimo de desarrollo cultural?
La exhibición de La Luna del artista británico Luke Jerram se convirtió en el emblema de esta narrativa. La instalación y su “alto poder de atracción”, convocó a cientos de miles de personas y ocupó un lugar central en la agenda cultural y mediática del estado. No obstante, su presencia abrió una discusión incómoda pero necesaria:
¿Qué lugar ocupan los artistas locales frente a estas grandes producciones importadas? ¿Cuántos creadores queretanos tuvieron acceso a presupuestos, difusión y condiciones similares durante el año?

La Luna iluminó plazas y redes sociales, pero también dejó en sombra a una comunidad artística local que trabaja de manera constante, con recursos limitados y escasa visibilidad institucional que a decir del último censo hecho por la SECULT suman 3 mil artistas en Querétaro.
El riesgo de estas apuestas no radica en su carácter internacional, sino en que se conviertan en sustituto de una política cultural sólida, funcionando como espectáculo compensatorio ante la falta de inversión sostenida en procesos locales.
Asistir a un evento masivo no equivale necesariamente a ejercer derechos culturales, ni a fortalecer el tejido artístico de una región en términos de visibilidad mediática y remuneración digna de sus honorarios. Sin mediación, sin educación artística, sin continuidad y sin condiciones laborales dignas, los eventos se convierten en experiencias efímeras que poco transforman por lo que la planeación desde una gestión de la cultura poco profesional seguirá confundiendo el acceso con el consumo cultural.

Esta lógica también se observó en todo el territorio nacional; en ferias, festivales y celebraciones que privilegiaron la visibilidad internacional y el impacto turístico, mientras persisten problemas graves: retrasos en pagos a creadores, convocatorias poco transparentes, centralización de decisiones y una constante precarización de gestores, artistas y mediadores culturales.
La crítica no es un rechazo al crecimiento ni a la internacionalización de la cultura mexicana, sino una exigencia de coherencia. No se puede hablar de fortalecimiento cultural mientras se invierte más en una instalación temporal que en años de formación artística; no se puede presumir inclusión mientras se ignora sistemáticamente a quienes sostienen el trabajo cultural cotidiano.
Apuntes desde la esperanza crítica
El 2025 dejó claro que este México Profundo no necesita más espectáculos aislados, sino políticas culturales con visión de largo plazo, capaces de equilibrar lo internacional con lo local, lo visible con lo estructural, lo festivo con lo formativo.
La cultura no debe ser solo una postal luminosa ni un evento para la estadística. Tendría que ser (desde una posibilidad razonada y sugerente) un espacio de pensamiento crítico, de construcción comunitaria y de dignificación del trabajo creativo. Mientras esto no se asuma con seriedad, seguiremos confundiendo brillo con profundidad y agenda con política cultural.

El 2025 nos mostró que la cultura en México no padece una falta de talento ni de creatividad, sino una robusta desarticulación entre discurso, inversión y responsabilidad institucional. Mientras se privilegia el impacto inmediato y la espectacularidad efímera, los procesos formativos, comunitarios y locales continúan sosteniéndose desde la precariedad.
La pregunta queda abierta —la cual no puede seguir posponiéndose— es incómoda pero necesaria: ¿queremos una política cultural que ilumine momentáneamente las plazas o una que, de verdad, construya y sostenga el ecosistema cultural del país a largo plazo?
*Gestora cultural, catedrática e investigadora de patrimonio cultural.
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