Poncio Pilatos, El drama

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Poncio Pilatos, El drama

El Jicote, Por: Edmundo González Llaca

Martes 31 de marzo de 2026

Tengo una extraña fascinación por Poncio Pilatos, es a quien siento más cercano de todos nosotros, los simples humanos. De los otros personajes de la Biblia algunos me parecen acartonados, otros inaccesibles, como sería la figura impactante de Cristo, o con una maldad también superlativa, el caso del pelirrojo de Judas.

Todos cumplen con su guion de una manera puntual y precisa, sólo Pilatos parece víctima de una trama en la que no está convencido de su papel, titubea, es errático; encarna ese juego cruel de las posibilidades del libre albedrío y el cumplimiento fatal con lo que ya está escrito.

Una y otra vez se niega a condenar a Cristo, sufre, se debate en medio de terribles dudas. Una y otra vez interroga al detenido que realmente ayuda muy poco. Cristo no solamente mantiene grandes espacios de silencio sino hasta que se muestra provocador. Pilatos pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Cristo simplemente responde: “Tú lo dices”. Comenta Pilatos: “No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?” Jesús dice: “No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de lo alto…” Sus esfuerzos son en vano pero ¿Realmente Pilatos hubiera podido cambiar la historia?

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En fin, no sé si Max Weber se inspiró en Sócrates o en Pilatos para elaborar su teoría sobre la ética, que es la piedra angular de la reflexión sobre el comportamiento político. Según este gran pensador alemán existen dos éticas, la de la convicción, es la ética de los principios, universal, incondicional, entregada sin ningún miramiento a obrar a favor del bien. La otra ética es la de la responsabilidad, que es la ética de los políticos, la que vela por las consecuencias de los actos, no está comprometida con los absolutos sino con las circunstancias y los resultados que sirvan para conservar o ampliar el poder.

La ética de la convicción de Pilatos lo inclinaba a la inocencia de Jesús. Una y otra vez se niega a condenarlo, con argumentos legales: “Tomadlo vosotros y juzgadle según vuestra ley”. El problema era que sólo las autoridades romanas podían condenar a muerte a los acusados.

Recurre a su convicción de que Cristo es inocente: “Tomad lo vosotros y crucificadle, pues yo no hallo delito en Él”; “Nada, pues, ha hecho digno de muerte”. Los judíos amenazan con ir de chivatones a Roma, lo que después hicieron por otras razones, y le dicen: “Si sueltas a ese no eres amigo del César”. En su desesperación Pilatos ofrece liberar a Cristo por motivos de las fiestas, pero los judíos le piden que mejor suelte a Barrabás, que era un pájaro de cuenta, acusado hasta por homicidio.

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Pilatos no era un noble sino un advenedizo de la política, su inseguridad lo hace pronto percatarse de que la ética de la convicción le estaba poniendo en riesgo su cargo burocrático. Observa la insistencia de los judíos y los peligros de una divergencia, asume entonces la ética de la responsabilidad al evaluar las consecuencias: inestabilidad, levantamiento de la chusma, el rompimiento de la paz.

Pilatos entierra su humanismo y despierta su ambición política, decide entonces olvidar su espíritu de justicia y entrega a Cristo a sus verdugos. Lo del aguamanil y la lavada de manos es su último recurso para escaparse de la culpa. Nadie como él estaba consciente de que cedía la decisión de la crucifixión por conveniencia política.

Me impresiona la actualidad de la Biblia. Esta es la época de Pilatos más que la del triunfo del mensaje de Cristo. Es la época de la falta de compromiso con los principios y de la búsqueda de ventajas particulares teniendo como base el servilismo. Ya los nuevos Pilatos ni siquiera se debaten en sus dudas. Pero eso sí, tienen el gel anti bacterial, impermeable al mínimo riesgo que provoque una molestia en el poder.

 

 

 

 

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